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José Avelino García - Psicólogo en Tenerife

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21 Nov

Autoplacer y meditación: dos pájaros de un tiro

 

La senda del éxtasis

El siguiente artículo lo he elaborado copiando, la mayoría de las veces al pie de la letra, fragmentos del libro “La senda del éxtasis” de Margo Anand.

El autoplacer es algo natural y supone un indicador clave de la autoaceptación. Para tener un sexo saludable es fundamental descubrir el arte del autoplacer. En cierta manera es el manantial de donde surge todo lo demás

Aprendemos a proporcionarnos toda la estimulación erótica que siempre habíamos deseado recibir de otro. Después estaremos dispuestos a enseñar al amante lo que nos excita y cuál es la mejor forma de proporcionárnoslo. Es muy útil descubrir que nosotros somos la fuente de nuestro propio orgasmo.

Y ya que la calidad del orgasmo depende de nosotros, es importante agudizar la conciencia de cómo se mueve nuestro cuerpo, cómo reaccionan los músculos, hasta qué punto la profundidad y el ritmo de la respiración puede ayudarnos a experimentar el placer, y cómo intensificar éste y hacerlo más duradero.

Podríamos considerar que el autoplacer es una forma de meditación sexual.

El ritual del placer

Preliminares

Los ejercicios siguientes deberían realizarse en el orden establecido, si bien no es necesario hacerlos en una sola sesión. Durante un mes deberíamos practicar cada una de las secuencias tantas veces como nos sea posible, como mínimo dos o tres veces por semana.

El ritual auto placentero puede llevarnos un mínimo de una hora al principio. Es importante tomarse todo el tiempo necesario. Al cabo de tres o cuatro sesiones, seremos capaces de realizarlo en media hora.

Procuremos que no nos moleste el teléfono, los niños u otras distracciones, y disponer de mucho tiempo.

Preparemos el entorno con cuidado. Utilizaremos la imaginación para crear un ambiente erótico, con sábanas rojas de satén, fotos o películas excitantes, consoladores, música romántica o ritmo trepidante. Utilizaremos los objetos que nos exciten.

Es importante disponer de lubricantes. Los dedos deben estar húmedos para deslizarse por la piel sin irritarla.

Antes de empezar, nos relajamos en un baño tibio donde habremos echado tres gotas de esencia de lavanda que actuarán de sedante, tres gotas de ylang-ylang –tónico sexual-y tres gotas de menta, para mantenernos alerta.

Procuraremos llevar las uñas cortas.

Ejercicio

Pondremos nuestra música preferida.

Nos desnudaremos, abriremos las piernas y contemplaremos los genitales a través del espejo.

Nos los acariciaremos y grabaremos esta imagen en nuestra memoria.

Practicaremos cerrando los ojos e intentando mantener esa imagen mental.

Para reforzarla, abriremos de nuevo los ojos, miraremos al espejo y los volveremos a cerrar.

Continuaremos hasta que los veamos claramente con los ojos de la mente.

Durante el autoplacer, evocaremos esta imagen a menudo. Nos ayudará a entablar una amistad con esta preciosa parte de nuestro cuerpo hasta que lleguemos a considerarla tan familiar como la nariz, la mano o el pie.

De forma sensual recubriremos todo el cuerpo con aceite.

Después nos tumbaremos en la cama, el cuerpo relajado, los brazos al lado del cuerpo, respirando profundamente en dirección a los genitales. Cerraremos los ojos y notaremos las vibraciones de la música por todo el cuerpo.

Recordaremos un momento de placer en nuestra vida amorosa. Nos formaremos la imagen mental de una época en la que nos sentíamos seguros, amados, protegidos, abiertos. Nos embargará una sensación de emoción, de excitación, como si nos estuviésemos preparando para acudir a una cita con la persona que más amamos. Esta vez, sin embargo, el amante somos nosotros mismos.

Sin mover los brazos, levantaremos los antebrazos hasta la posición vertical, nos concentraremos en las manos, insuflándoles energía. Al respirar profundamente y sacudir las manos durante un minuto, notaremos como se nos electrizan las puntas de los dedos. Dejaremos que toque suave y delicadamente nuestro cuerpo desnudo, como si fueran plumas.

Nos acariciaremos el cuerpo, respirando en cada sensación, notando la trama de la piel, la textura, los lugares donde está cálida, suave, los lugares donde está fría y árida. Haremos un masaje a estas zonas frías, calentándolas, y proporcionándoles ternura.

Sí, debemos tocarnos por todo el cuerpo. Nos merecemos hasta el último momento de placer.

Al mover las manos a lo largo del cuerpo, continuaremos sintonizando la imagen de la escena de amor con la que hemos empezado. Nosotros el amante, nuestro cuerpo el amado.

Dejaremos que nuestro cuerpo dirija el movimiento, que elija la postura que prefiere. Buscaremos la que más nos excite.

PARA LA MUJER: EXPLORAR LA FRUTA PROHIBIDA

Deslizaremos las manos sobre el vientre; los dedos se mueven por entre el vello púbico; tocamos suavemente los labios de la vagina. Nos provocamos, sin prisas, nos acariciamos la pelvis, el perineo, el ano.

Lubricamos los labios mayores y menores, el clítoris, la abertura y el interior de la vagina. Disfrutamos con la suavidad de los labios vaginales al abrirse bajo nuestros dedos como los pétalos de una flor.

Investigamos diferentes caricias, roces, presiones. Nos excitamos estimulando la zona próxima al clítoris, dibujando círculos y rozando suavemente el clítoris. Al estimularlo directamente comprobamos qué parte es la más sensible. Intentemos sujetarlo entre el pulgar y el índice. Intentamos pasar los dedos índice de ambas manos por la base, de arriba abajo. Cuando encontramos un tipo de caricia que nos gusta, la mantenemos en una progresión rítmica, aumentando la excitación.

Nos acariciamos la zona próxima al ano, comprimiendo y relajando los músculos anales, aceptando esta parte como instrumento de placer.

Quizá nos interese explorar lo que denominamos “Estimulación combinada”: acariciar el clítoris y los pezones al mismo tiempo. También podemos introducir un objeto en la vagina y simular el movimiento rítmico del pene al hacer el amor. Algunas mujeres utilizan los dedos, otras un consolador u otro objeto fálico. La estimulación clitorial y vaginal simultánea puede resultar muy efectiva para llevarnos al borde del orgasmo. Nos mantenemos en este punto sin pasar al reflejo orgásmico.

PARA EL HOMBRE: DESCUBRIR LA VARITA MÁGICA

En primer lugar, lubricar el vientre y acariciarlo. Lubricar seguidamente la zona genital: escroto, perineo y ano. Finalmente, el pene.

Primero lo tocamos con gran delicadeza. Aceleramos el movimiento. Tocamos luego la piel sensible del escroto, de la zona del perineo, con ambas manos; pasamos los dedos alrededor del ano, aceptando, también, esta parte como idónea para la sensibilidad erótica.

Algunos hombres requieren un masaje más profundo y prolongado para que el pene les responda.

Si éste es el caso, nos sentamos con la espalda contra la pared para poder acariciarnos con más facilidad toda la parte del perineo, del escroto y el ano. Presionamos fuerte el perineo con ambas manos. Haciendo esto estimulamos la próstata y ello, a su vez, aumenta la excitación sexual. El mejor método consiste en presionar con regularidad con dos dedos y después, con movimientos rítmicos y regulares, presionamos toda la zona a la vez que acariciamos el pene. Ejerciendo una presión fuerte en el perineo y acelerando las caricias, nos excitaremos rápidamente.

PARA EL HOMBRE Y LA MUJER: EXTENDER EL FUEGO SEXUAL

Al proporcionarnos placer con una mano, con la otra nos acariciamos la zona genital, el ano y el abdomen por encima del pubis. Intensificamos la respiración y el movimiento corporal, al fin de que la excitación aumente la calidez y la sensibilidad de esta parte del cuerpo.

Inspiramos, formándonos la imagen mental de que obtenemos la energía del placer, el fuego sexual, de los genitales y lo extendemos a la pelvis. El movimiento de contraer y aflojar los músculos que rodean al ano y la vagina nos ayudará a ello.

Espiramos, imaginando cómo se extiende, se expansiona el fuego sexual, colmando toda la zona pélvica de oleadas de placer. Ayudaremos a extender toda esta energía acariciándonos el vientre lentamente y con movimientos circulares.

Continuamos proporcionándonos placer hasta que casi alcancemos el punto culminante, al borde del orgasmo, justo antes del punto sin retorno. Entonces paramos completamente la estimulación e inspiraremos, conteniendo la energía del placer, dejando que nos envuelva toda la zona pélvica.

Trasladar la energía del placer al corazón

Estamos atentos a cualquier sensación de duda o de frustración, a una necesidad urgente de alcanzar el clímax; no las reprimiremos, si bien nos centraremos en la respiración y en continuar estimulándonos.

Ahora transmitiremos esta energía del placer al centro del corazón, al punto situado en el centro del pecho, entre los pezones. Cuando nos hallemos en el punto culminante de la excitación, inspiraremos una vez, profunda y rápidamente, algo así como un buzo dispuesto a sumergirse hasta el fondo del mar, contraeremos el músculo PC (pubococcix) e imaginaremos que transmitimos la energía sexual hacia el centro del corazón. Utilizaremos la imaginación. Estamos guiando, empujando, aspirando el fuego de la excitación hacia arriba, en dirección al centro del pecho. La mano contribuirá a crear esta imagen y este movimiento acariciando suavemente el cuerpo en dirección ascendente, de los genitales hasta el corazón.

Contenemos la respiración unos segundos. Tomamos conciencia del resto del cuerpo, lo relajamos todo excepto el músculo PC (pubococcix). Al principio puede resultar difícil.

Al espirar, relajamos todos los músculos de la zona pelviana e imaginamos que la energía desciende hacia los genitales y se expulsa a través de ellos. Al hacerlo, deslizaremos suavemente la mano del pecho hacia los genitales. La mano realza y apoya la corriente ascendente y descendente de energía.

Reemprendemos la estimulación genital. Igual que antes, crearemos la excitación y cuando nos acerquemos al punto culminante, pararemos, cerraremos “la puerta inferior” a la vez que contraemos el músculo PC inhalando una sola vez profundamente, transmitiendo la energía de la excitación hacia el pecho, que se henchirá y ensanchará.

Notamos como el pecho se ensancha y vibra. Busquemos una sensación de hormigueo, de calidez, de expansión. Después de retenerlo durante unos segundos, espiramos, lo soltamos, y trasladamos la concentración del corazón al centro sexual.

Consigamos ese punto culminante de excitación tres veces seguidas, deteniéndonos inmediatamente antes del orgasmo. Traslademos cada vez la energía hacia el centro del corazón, conteniendo el aliento antes de que la energía se precipite hacia abajo. Cada ciclo debería durar entre cinco y diez minutos.

Finalmente, ¡adelante! Después del tercer ciclo nos concederemos una plena liberación orgásmica.

Practicaremos la técnica tres veces por semana, como mínimo durante un mes. Entonces empezaremos a cosechar los frutos.

 

 

 

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