Psicólogo en Tenerife - José Avelino García

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José Avelino García - Psicólogo en Tenerife

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Comentaba en otro artículo (Autonomía psicológica) que la autonomía ejerce una función integradora entre diferentes “piezas” que componen nuestra estructura mental. No siempre resulta fácil la convivencia entre nuestros deseos y las normas sociales, por poner un ejemplo; o entre querer complacer a un ser querido y nuestras necesidades.Surgen dilemas, tensiones, y es función de la autonomía escuchar a todas las partes, explorar todas las posibilidades, sopesar las diversas combinaciones que se pueden dar. A veces en este proceso es imprescindible asumir renuncias, pérdidas y duelos. La autonomía significa libertad, autodeterminación, ser el propio juez de uno mismo. La autonomía nos permite no definirnos de forma exclusiva por las relaciones; nos permite ser congruentes, fieles a nosotros mismos; nos facilita tomar decisiones, ser responsables y comprometidos.

Ahora bien, ¿cómo lleva a cabo todas estas operaciones de una manera integrada la autonomía? Esta es la función de la voluntad.

La voluntad nace de la confrontación entre el deseo y las limitaciones de la realidad. El reconocimiento de los límites físicos y sociales, la autolimitación de los propios impulsos, deseos y caprichos según los criterios de posibilidad van a requerir la intervención de la voluntad.

La voluntad elaborará un juicio o valoración de los deseos que llevará a tomar decisiones y ejecutarlas. Para tomar una decisión tendrá en cuenta tanto el aspecto subjetivo (el deseo) como el objetivo (lo que es posible y lo que no lo es) y todo ello al servicio de las motivaciones y emociones del individuo.

Pero esta imprescindible ayudante de la autonomía que es la voluntad puede sufrir percances a lo largo del desarrollo de la persona.

Uno de ellos es haber sido víctima de abusos, sean sexuales o no. La experiencia de hacer cosas que no hemos decidido nosotros porque alguien nos las impone porque es más fuerte que nosotros, física o psíquicamente, puede hacernos creer que somos seres indefensos que están a las órdenes de los demás. Y esta idea, cuando crecemos, puede llevarnos a dejarnos manipular por la pareja y permitir que nos maltraten o nos convirtamos en personas dependientes; o puede hacer que en el trabajo seamos algo parecido a esclavos o nos dejemos chantajear; o acabemos metidos en una secta o en algún grupo político autoritario.

Otro percance posible tiene que ver con la ausencia de regulación por parte de la voluntad. Si esta no hace su trabajo integrador, deliberativo y decisorio frente a las apetencias, gustos y deseos puede ocurrir que se cree un gran lío entre voluntad, pensamientos, imaginación e incluso sueños y sensaciones. Como pasa con los pensamientos desbocados, tan propios de las obsesiones, que son tomados como deseos o temores propios de los que han de protegerse de una manera externa recurriendo a rituales o rumiaciones sin fin.

Y por último, nos podemos encontrar con la compulsión, la cual afecta a la acción más que al pensamiento, y que puede manifestarse en forma de compras o comidas compulsivas, autolesiones, actividad sexual, etc., que no son deseadas por la persona que las ejecuta, pero que se le imponen a su voluntad de forma tiránica.

Todos estos percances que puede sufrir la voluntad nos hacen menos libres. O dicho de manera positiva, la voluntad bien desarrollada nos permite ser libres, ejercer nuestra autodeterminación. Y la libertad es lo que aporta dignidad y valor a nuestras acciones. Pero la libertad en una conquista dificultosa de los individuos y de las sociedades; no es un regalo. Hay que currárselo.

“Uno se libera del destino y de la imposición de las leyes naturales, divinas o humanas porque asume su responsabilidad y eso es la autonomía.” (Extraída esta cita, como otras partes de este artículo, del magnífico libro de Manuel Villegas “El error de Prometeo: Psico(pato)logía del desarrollo moral”)

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