Psicólogo en Tenerife - José Avelino García

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José Avelino García - Psicólogo en Tenerife

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¿La mente dentro del cuerpo o el cuerpo dentro de la mente?

Me parece que predomina la idea de que la mente se encuentra confinada dentro de la cabeza. Y yo lo que defenderé en este artículo es que se encuentra repartida por todo el cuerpo.

¿Por qué digo tal cosa? Porque la piel está llena de receptores que captan información del medio que nos rodea; también en las articulaciones y en los músculos hay receptores; y en la vísceras. Esos receptores, junto con el resto de los sentidos como la vista, oído, etc. son las ventanas que proveen de información al cerebro.

Si suponemos que la mente es un producto del cerebro, entonces vemos que participa todo el cuerpo en esa producción.

Y si pensamos que es el cuerpo el que nace de la mente, entonces la afirmación inicial tendría que formularla de esta manera: el cuerpo está repartido por toda la mente.

No es mi intención entrar en un debate tan complejo como si la mente es un producto del cerebro como lo es la orina de los riñones; o si la mente es diferente al cerebro y tiene una existencia independiente,aunque lo necesita como soporte material; ni si todo es mente y lo que no tiene una existencia independiente es la materia.

Yo que sé.

Asi que me limitaré a hablar de cosas experimentables. Empecemos.

El cuerpo como una vibración

 

Si te pones a repasar las distintas partes del cuerpo, es decir, si intentas sentir lo alto de la cabeza y vas bajando y sientes la frente y los ojos y luego los pómulos y sigues bajando y notas la garganta y así, minuciosamente recorres todo tu cuerpo por delante y por detrás hasta llegar a la punta de los pies; comprobarás que hay zonas inexistentes para tu conciencia; zonas en las que no notas nada, que parecen de corcho.

Esas zonas podemos decir que nos son inconscientes. Si fuese cierto lo que decía al principio y la mente estuviese repartida por todo el cuerpo, entonces esas zonas acartonadas serían regiones del famoso inconsciente.

Existe una técnica de meditación llamada Vipassana en la tradición budista y mindfulness por los norteamericanos (que son unos maestros a la hora de rebautizar las cosas) que consiste precisamente en hacer una y otra vez esa especie de escaner corporal que mencionaba antes.

Cuando te pegas varios días seguidos dedicando unas doce horas a esa actividad (estoy hablando de un retiro para profundizar en esta técnica) comienzas a captar el cuerpo con una gran sutileza. Tu mente es capaz de una gran atención y por tanto capta sutilezas que en el ruido habitual de nuestra mente en la vida cotidiana resulta imposible de percibir.

Pues bien, cuando estás tan concentrado en el cuerpo lo captas como una vibración, como si miles de hormigas caminaran por tu piel. Allí donde diriges el foco de tu atención captas esa sutil y placentera vibración. Y que conste que no es una impresión subjetiva. Se trata de los millones de cambios que se están producciendo en el cuerpo a cada instante.

Cuando estás llevando la conciencia a las distintas partes del cuerpo, compruebas que en muchas de ellas la vibración cesa o disminuye. Compruebas que hay zonas de las que eres consciente y zonas de las que no eres consciente. Al insistir, con la práctica de volver a prestar atención a esas zonas, van despertando poco a poco, con lo que podríamos decir que nuestra consciencia se expande; que hemos conquistado un trozo de territorio que pertenecía al inconsciente.

La frontera entre la mente y el cuerpo

¿Por qué esas zonas permanecen mudas o acorchadas? Probablemente porque es la residencia de tensiones, dolores, afectos negativos, malas experiencias del pasado y de todo tipo de cosas de las que preferimos no ser conscientes. Son las alfombras debajo de las cuales escondemos lo que consideramos basura.

Si insistimos con nuestra atención cariñosa, esas zonas se hablandan y poco a poco, al ritmo prudente que nos convenga, van dejando salir las emociones que están ahí encadenadas, como genios que abandonan aliviados  el interior de sus botellas. Y nos vamos haciendo dueños de todo ese territorio al que llamamos nuestra vida.

Repito que me parece que predomina la idea de que la mente se encuentra confinada dentro de la cabeza.

Y creo que en parte esto es así porque preferimos identificarnos con algo tan etéreo como la mente, algo que podemos imaginar con las cualidades que nos apetezca.

Establecemos una frontera entre la mente y el cuerpo para que quede claro que no somos ese cuerpo que sufre enfermedades, que envejece, que produce cosas tan prosaicas como las heces o los mocos y que, sobre todo, muere.

La mente, o algunas de sus primas hermanas como el alma, en cambio puede vivir eternamente, si es esa la película que nos gusta contarnos, o puede ser brillante, inmaculada, etc.

Podemos inventarnos la mente que nos apetezca.

Con el cuerpo resulta mucho más dificil. Y algunas de las feas costumbres que tiene el cuerpo como es el morirse, no hay manera de evitarlo.

Así que establecemos un límite entre la mente y el cuerpo y comenzamos a vivir a una cierta distancia del cuerpo, prestándole muy poca atención, cargando con él porque no nos queda más remedio.

Y aunque el cuerpo nos haga la misma pregunta veinte veces seguidas, ni puñetero caso (como esos pobres niños que preguntas una y otra vez sin obtener respuesta). No es de extrañar que deje de enviarnos avisos; no es de extrañar que apenas lo sintamos: no es de extrañar porque la mayoría de las veces es lo que queremos.

Fronteras dentro de la mente

Además de la frontera que establecemos entre el cuerpo y la mente también dentro de la propia mente establecemos otra frontera entre las ideas y emociones que nos parecen aceptables y las que nos parcen propias de personas tan poco espirituales como nuestro vecino, o de personas tan primitivas como… etc.

Y nos confinamos en un rincón de nuestro territorio, una pequeña habitación de un enorme palacio que queda dehabitado.

Y luego nos quejamos porque nos aburrimos; o nos sorprendemos desagradablemente porque nuestro cuerpo “de repente” nos muestra una enfermedad incurable.

Somos una unidad

Creo que somos una unidad a la que bien podríamos llamar cuerpomente.

Creo que conocer nuestro cuerpo nos ayuda a conocernos.

Creo que las grandes maravillas están en el reino de las sutilezas.

Y ahora te dejo que mi mentecuerpo me está pidiendo un baño en el mar y procuro hacerle caso.

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