Escisión entre mente y cuerpo

mente y cuerpo

¿Quién eres?

Si te hago la siguiente pregunta: ¿Quién eres? Supongo que al tratar de responder mencionarás cualidades mentales (soy una persona inteligente, justa, introvertida) o mencionas tu procedencia geográfica o familiar (soy española, soy una Fernández).

Lo que no creo que digas es que eres tu cuerpo. Si mencionas tu cuerpo, lo más probable es que digas que tienes un cuerpo.

Es decir, distingues entre lo que eres y lo que tienes.

Y el cuerpo es algo que forma parte del grupo de tus posesiones junto a tu coche, o tu casa o tu perro.

Aún mejor, como si tu cuerpo fuese un caballo que utilizas para ir de aquí para allá. Un caballo al que cuidas y alimentas y al que impones tu voluntad (a veces, a latigazo limpio).

Habitualmente nos identificamos con el jinete y no con el caballo. Con el jinete que parece residir en un ático situado en la cabeza, desde donde contempla al resto del organismo como quien contempla desde un altozano sus posesiones.

Una muralla entre mente y cuerpo

Con tu permiso voy a cambiar de metáfora: levantamos una muralla entre la mente y el cuerpo. A un lado de la muralla queda lo que somos (la mente) y, al otro, lo que tenemos (el cuerpo).

A un lado están los actos voluntarios con los que nos identificamos, todas esas cosas de las que somos conscientes y que manejamos a nuestra voluntad: me levanto, enciendo la luz, abro la nevera, me rasco la cabeza…

Al otro lado está lo que no obedece a nuestra voluntad: hacer la digestión, la circulación de la sangre, el crecimiento del pelo, etc.

Resumiendo: nos identificamos con lo que podemos controlar y el resto nos parece muy poco digno de confianza.

No es de extrañar que, con una muralla de por medio, no conozcas muy bien a tu cuerpo.

Cuando no da problemas, cuando no se queja, lo atiendes sin prestarle apenas atención, como cuando limpias la bañera o pasas la aspiradora.

Pero en esas ocasiones en que el cuerpo toma sus propias decisiones y llama tu atención comportándose de manera extraña y llevándote la contraria, entonces se disparan todas las alarmas.

Asomas la cabeza por encima de la muralla con suspicacia y temor. Y sofocas la revuelta sin contemplaciones lo antes posible.

Pero te queda la angustia de si no se desatará una nueva protesta en cuanto te despistes: un resfriado inoportuno cuando más cosas tenías que hacer; un desfallecimiento cuando la fiesta estaba en su mejor momento; un dolor de espalda que te obliga a parar durante días.

Y recurres a los aliados que ayudan a tu mente a mantener el control: medicamentos que te permiten dejar de sentir el mensaje de dolor que te envía el cuerpo; o estimulantes que enmascaran su cansancio, etc.

Aliados que amordazan al cuerpo durante horas o días impidiendo que sus mensajes traspasen la muralla.

Y como no tienes costumbre de escuchar los mensajes que te envía el cuerpo, cuando algunos consiguen saltar la muralla, no los entiendes, y piensas que se trata de una amenaza.

Lo que está al otro lado de la muralla, lo desconocido, lo que no controlas, es fácil que lo consideres un enemigo que quiere destruir tus defensas para hacerte daño.

Estás en guerra con el cuerpo.

Mente y cuerpo están en guerra. Los síntomas del cuerpo los consideras como ataques. La mente redobla sus esfuerzos por ignorar o por doblegar al cuerpo. El cuerpo ruge cada vez más fuerte y no te permite estar tranquila.

Algunas personas se consuelan soñando con una vida más allá de ésta en donde puedan vivir sin las molestias y humillaciones que impone el cuerpo.

Una vida descarnada, puramente mental. Una vida hermosa, pura y limpia.

Y es que el cuerpo tiene la fea costumbre de producir sustancias tan poco glamurosas como heces, mocos, orina, pus, etc.

Es como si el cuerpo tirara por encima de la muralla cosas asquerosas que caen en un inmaculado jardín. Y cuando te dispones a disfrutar de la paz y de la belleza de un lugar tan hermoso compruebas que te has sentado sobre un vómito o un excremento: ¡es para amargarle el día a cualquiera!

El filósofo Emil Cioran comentó lo siguiente reflexionando sobre estas cosas:

“¿Qué hace el sabio? Se resigna a ver, a comer, etc., acepta a pesar suyo esa “llaga de nueve aberturas” que es el cuerpo según la Bhagavad-Gita. -¿La sabiduría? Sufrir dignamente la humillación que nos infligen nuestros agujeros”.

También dejó escrito:

“Esa especie de malestar que se siente cuando se intenta imaginar la vida cotidiana de los grandes hombres… Sobre las dos de la tarde, ¿qué hacía Sócrates?”

Aún se siente más malestar si te lo imaginas sentado en la taza del váter.

Aunque, puestos a señalar malas costumbres del cuerpo, creo que la peor de todas es la de enfermar y morir. ¡Cómo no vamos a intentar perder el contacto con el cuerpo, levantar murallas para protegernos!: ¡el cuerpo muere!

No es de extrañar que muchas personas consideren su cuerpo como algo que les pertenece, algo así como un vehículo que, cuando se estropea, se puede cambiar por otro, un objeto que podemos reparar, retocar o desechar.

Y cuando el objeto se rompe yo no me rompo, como no me rompo cuando se cae un jarrón al suelo y se hace añicos.

Experiencias traumáticas

Ya ves que hay múltiples razones para para mantener al cuerpo lo más alejado posible de la conciencia.

Pero si has vivido experiencias traumáticas durante las cuales el cuerpo ha tenido un gran protagonismo, como acurre con los abusos sexuales, entonces no es difícil de imaginar  que intentes de manera extrema filtrar la sensaciones que te llegan desde el cuerpo, que trates de atenuarlas, que te esfuerces por no prestarles atención.

Aunque mantener al cuerpo lo más alejado posible de la conciencia para que no despierte recuerdos abrumadores relacionados con las experiencias traumáticas trae consigo que te quedes sin los placeres y consuelos que proporciona la corporalidad.

Y no es de extrañar que la tristeza se quede a vivir en tu casa.

Tampoco es extraño que recibas visitas incomprensibles: síntomas físicos inexplicables por los médicos, emociones que surgen sin motivo aparente, etc.

 

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