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18 Dic

Mi hermano y yo (3): psicología del desarrollo humano

Esta es la tercera parte de la historia que nos cuentan dos hermanos al alimón y que nos aportan su peculiar punto de vista sobre el desarrollo psicológico.
Uno de ellos comparte su experiencia desde los nueve años, momento en el que nace su hermano (que, a pesar de ser un recién nacido, no se queda corto a la hora de reflexionar sobre la vida y sus misterios).

Si quieres leer la primera y segunda entrega de esta apasionante historia puedes hacerlo utilizando estos enlaces: “Mi hermano y yo (1): psicología del desarrollo humano” y “Mi hermano y yo (2): psicología del desarrollo humano
5. Menos mal que nací
Menos mal que por fin nací, porque ya me estaba comiendo las uñas de los celos. Yo metido en la barriga de mi madre sin poder hacer nada digno de mención y mi hermano acumulando méritos, menos mal que no le dieron la medalla. ¿Qué iba a quedar para mí si mi hermano lo hacía todo antes de que yo naciera? ¿En qué podía yo destacar? Por eso tenía prisa. Aunque, cuando nací, lo único que sabía hacer era chupar. Y ni siquiera eso lo hacía muy bien al principio: tardé un par de semanas en mejorar mi estilo de chupada. Practicaba sin descanso los pocos ratos que no estaba durmiendo. Lo chupaba todo, no sólo los pezones de mi madre. Chupaba cualquier cosa que se me pusiera a tiro, incluso el aire. Mi hermano dice que parecía un pez fuera del agua.
También dice, aunque creo que lo hace para fastidiar, que recién nacido era un cochinillo. Dice que estaba muy colorado y que metía ruido al respirar. No es que fuera un cochinillo le respondo yo, es que tenía la nariz taponada. Él dice que sí que era un cochinillo, pero que como luego me alimentaron como a un ser humano, me transformé en persona. Como ya sé que mi hermano tiene bastante imaginación, no le hago ni caso, aunque tengo que reconocer que a veces tengo pesadillas en donde me despierto dentro de una pocilga rodeado de otros cerdos que son mis familiares.
Volviendo a lo de chupar, lo que más me gustaba encontrarme, aparte de las tetas de mi madre, eran mis propios dedos que, por supuesto, no tenía ni idea de que fuesen míos. Después de muchos intentos, conseguí aprender a llevarme el pulgar a la boca, pero eso fue cuando cumplí los dos meses. Ahora estaba hablando de cuando era más joven. Además de chupar, no sabía hacer casi nada. Por supuesto que movía los brazos y las piernas y todo lo demás, pero lo movía al buen tuntún, sin saber lo que hacía, a tontas y a locas, lo cual no tiene ningún mérito. Bueno, para ser justos con el recién nacido que fui, dejo constancia de que me salía bastante bien asustarme; quiero decir que, si alguien daba una palmada cerca de mí, yo me sobresaltaba perfectamente. También si ponían algún objeto en contacto con la palma de mi mano, lo aferraba con fuerza. Supongo que pensaría algo parecido a lo que dice el refrán: “Más vale pájaro en mano que ciento volando” Quien dice pájaro dice cualquier otra cosa, como un dedo, un chupete y cosas así, que eran las que me daban para que las cogiera. Eso del agarrar me sirvió para demostrar que, a pesar de ser tan pequeño, no era un enclenque. No veas lo fuerte que agarraba las cosas. Incluso mi hermano preguntó que si podía dejarme colgado del tendal. Él opinaba que yo sería capaz de estar agarrado al cable un buen rato. Mi hermano siempre ha confiado en mis posibilidades. Eso anima bastante. Aunque, en este caso, casi me alegro de que mis padres no le dejaran hacer la prueba. Por mucho que dijera que ponía un colchón abajo en el patio, a mí se me pone un nudo en la barriga al imaginarme colgando sobre el abismo. Ahora que lo pienso, también sabía imitar el caminar. Si me sujetaban por los sobaquillos y me dejaban apoyar los pies en el suelo, movía las piernas como si supiese caminar. Hasta que me engordaron las piernas de tal manera que ya no tuve ganas de hacer el esfuerzo que suponía levantarlas. Y me dije: “¿Qué prisa tienes? Ya tendrás tiempo de caminar hasta hartarte”. Así que me olvidé durante unos cuantos meses de ese asunto y me centré en lo que, como decía al principio, más me interesaba, en lo que mejor hacía: chupar. Si me hubiesen preguntado en ese momento que qué me parecía el mundo, hubiese dicho, de haber podido, que era algo chupable. Eso era todo. Sabía que tenía que espabilar bastante si no quería pasarme la vida admirando las hazañas de mi hermano y viendo con envidia como mis padres no paraban de alabarlo. No podía dormirme en los laureles. (Si divides el día en cinco partes, yo me pasaba cuatro de ellas durmiendo. Me viene a la cabeza el típico ejemplo de la tarta cuando se habla de fracciones. Si el día fuese una tarta que divides en cinco porciones, el sueño se zampaba casi toda la tarta, se pegaba un atracón.) Así era difícil aprender cosas nuevas, avanzar.
Eso sí, aprendí rápido que, cuando lloraba, mi madre venía, o más bien, mi madre aparecía. Mientras no la veía suponía que no existía, que no tenía un cuerpo que se movía por otras partes de la casa. Y es que estaba en una edad muy tonta. Mi madre se iba a la cocina y a mí me daba por pensar que se había ido para siempre. Creía estar viviendo ese caso en que una madre dice: “Me voy a comprar unos huevos que me hacen falta” y tarda veinte años en volver. Y cuando vuelve lo hace con los hijos que ha tenido mientras tanto. Unos tipos muy feos, con barba y pinta de brutos. Unos guarros que no se lavan nunca y que se tiran unos pedos apestosos, que te dejan atontado, como anestesiado. ¡Como no iba a sentir ansiedad cuando veía a mi madre irse a la cocina! Y cuando se iba al cuarto de baño me daba por pensar que igual se la tragaba el desagüe de la bañera, o que se caía en la taza del váter. Cuántos casos no se habrán dado de madres succionadas por el váter. Prefería tenerla siempre a la vista, por si las moscas. Y como se me olvidaba el tiempo que había transcurrido desde que había entrado ella en la cocina y cuando salía, aunque hubieran pasado unos segundos a mí me parecía que no la había visto hacía meses y me ponía muy contento de volver a verla; o lloraba porque de repente me acordaba de que había sido abandonado; o me daba por mirar hacia la cocina temiendo que en cualquier momento surgieran los tipos barbudos llamándola mamá.
Estaba en una edad tan tonta que ni siquiera me daba cuenta de que yo mismo era dueño de un cuerpo. Y eso que más cerca no lo podía tener. Es normal que no me diera cuenta de la existencia de los australianos que viven en el otro extremo del planeta, o que no me diera cuenta de la existencia de Plutón que es el planeta del sistema solar más alejado del sol; pero no darme cuenta de mi propio cuerpo teniéndolo ahí al lado, casi encima, como el que dice, eso era el colmo del despiste. Así pasaba, que oía un ruido y ni miraba porque no sabía que tenía una cabeza que podía girar, en donde había colocados dos ojos con los que podía mirar lo que pasaba. Pero, por la cuenta que me tenía, aprendí rápido.
Una de las primeras sorpresas fue darme cuenta de que la voz que tanto me gustaba surgía de la cara que tanto me gustaba. ¡La leche, dije para mí mismo, pero si la voz y la cara son las de mi madre! Me llevé una alegría al descubrir que mi madre tenía una voz tan bonita. Y es que pasé una época muy dura creyendo que mi madre sonaba como una lavadora. La confusión surgió porque un día mi madre se acercó a mi cara mientras la lavadora estaba centrifugando. Me sentí decepcionado al creer que era la voz de mi madre. Procuré consolarme pensando que podría haber sido peor si hubiese tenido voz de batidora, o de eructo, o que hubiese sonado como el torno que utilizan los dentistas para arreglarte los dientes. Con mi padre ocurrió al contrario. La decepción vino cuando me di cuenta de cual era su voz verdadera. Al principio creí que sonaba como muchos pájaros cantando. Y es que uno se suele quedar con la primera impresión que le causan las personas y, a pesar de las evidencias posteriores, te aferras obstinadamente a esa primera huella que la gente deja en tu memoria. Como si la memoria fuese de cemento blando que, si lo pisas, conserva tu huella para siempre. Pues se ve que mi padre se acercó a mí un día en que los pájaros estaban cantarines, supongo que sería al atardecer, o al amanecer que es cuando más cantan. Y yo me dije gratamente sorprendido:”Pero que voz más bonita tiene mi padre”. Por eso pasé una temporada en que cuando oía cantar a un pájaro creía que era mi padre que me estaba diciendo alguna tontería. Me reía como un bobo. Aún hoy, cuando oigo a un pájaro cantando, me entras ganas de sonreír.

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