Emociones y seguridad

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Las emociones

Las emociones nos llevan de la mano hacia nuestras metas, nos empujan. Sería casi imposible que nos esforzáramos para conseguir nuestros objetivos si no contásemos con la colaboración de las emociones.

Esas metas deseadas pueden tener que ver con el sexo, o con un vínculo afectivo, o con nuestro prestigio social. Cuando avanzamos hacía ellas nos sentimos inundados por emociones positivas. En cambio, cuando surgen obstáculos, lo que sentimos es una desagradable sensación de amenaza.

Podemos agrupar las emociones en tres grandes bloques:

  • amenaza y autoprotección
  • búsqueda de recursos
  • búsqueda de satisfacción y seguridad.

Estos bloques son como tres botones: según sea el que apretemos así serán las reacciones que se desencadenan. Veamos cada botón por separado.

Amenaza y autoprotección

Este grupo de emociones se encarga de estar alerta ante posibles amenazas. Cuando detecta un peligro elige la respuesta más adecuada para mantenernos a salvo a nosotros y a las personas que queremos

Las emociones más frecuentes suelen ser el miedo, la ansiedad, o la ira.

El cerebro dedica más recursos a este grupo de emociones que a ningún otro por cuestiones de supervivencia: a lo largo de nuestra evolución ha sido más adaptativo estar alerta en exceso que estar tranquilos y confiados.

(Imagínate a un ser humano de la época de las cavernas que tiene la tendencia a aprovechar cualquier rayo de sol para tumbarse relajadamente sobre una roca lisa y caldeada en un lugar hermoso lejos de su refugio y se olvida de miedos y preocupaciones para entregarse plenamente al disfrute del momento presente: lo más probable es que acabe formando parte de la dieta de cualquier bicho hambriento que esté merodeando por la zona).

Cuando tenemos activado el modo de amenaza es como si nuestra conciencia se estrechara y sólo pudiéramos fijarnos y pensar en amenazas.

Y cuando nos da por imaginar algo, imaginamos amenazas. Y, como es lógico, las emociones que tenemos y las reacciones fisiológicas son las propias de quien se siente amenazado, aunque se trate de una imaginación.

Toda nuestra mente se centra en el único objetivo de evitar la amenaza.

Este grupo de emociones tienen como aliadas principales a las hormonas adrenalina y noradrenalina.

Recursos

Algunas emociones nos animan a perseguir los recursos que necesitamos para sobrevivir y prosperar nosotros y las personas que nos importan.

Resulta muy satisfactorio alcanzar una meta valiosa o satisfacer un deseo.

La principal hormona aliada de este grupo de emociones es la dopamina que, cuando circula por nuestra sangre, produce un estado de gran energía que resulta muy agradable (un estado similar al que se obtiene consumiendo cocaína o anfetaminas).

Cuando surgen obstáculos que nos impiden llegar a esas metas valiosas entonces se aprieta el botón que activa el sistema de amenaza y nos sentimos enfadados, frustrados o ansiosos.

Si este sistema de búsqueda de recursos se activa más allá de lo prudente, porque estemos persiguiendo metas imposibles o nos propongamos demasiadas metas a la vez, puede llevarnos al agotamiento y, si insistimos, a la depresión.

Satisfacción y seguridad

Disponemos de unas cuantas emociones que nos aportan calma y que contribuyen a que nos sintamos equilibrados y satisfechos.

Este sistema tiene mucho que ver con el afecto y la bondad.

El afecto es como un puerto seguro en donde podemos recomponernos de las dificultades de la vida. Nos tranquilizamos cuando somos tratados con amabilidad.

La oxitocina y las endorfinas entran en juego cuando este sistema está activo y nos hacen sentir seguros, queridos y aceptados cuando estamos con otras personas. La oxitocina hace disminuir el estrés y actúa calmando los centros cerebrales encargados de gestionar las amenazas.

Con este grupo de emociones activo disfrutamos de un estado mental de tranquilidad y nos sentimos en paz con el mundo y con nosotros mismos.

Esta tranquilidad no nos lleva a la pasividad, a quedarnos mirando al vacío mientras se nos cae un hilo de baba desde la boca. Al contrario: la calma es un estado mental que favorece la curiosidad y las ganas de explorar el mundo que nos rodea.

Búsqueda de seguridad: dos caminos

¿A quién no le gusta sentirse seguro? La respuesta es obvia: todos apreciamos la seguridad. Pero existen dos caminos para alcanzar la ansiada seguridad y son muy distintos el uno del otro.

Una manera de procurarnos seguridad tiene que ver con un estado mental que busca protección ante posibles amenazas; un estado mental centrado en la prevención de futuros desastres. Es decir, ese tipo de seguridad está relacionado con el bloque de emociones de amenaza y autoprotección. Un estado mental que me recuerda a un castillo, a una fortaleza.

Cuando elegimos este camino para sentirnos seguros tendemos a aislarnos y a alejarnos de los demás. Pero, como suele ocurrir, puede que nos salga el tiro por la culata y, cuanto más buscamos la seguridad con este método más inseguros nos encontramos porque nuestro cerebro puede interpretar el aislamiento como una amenaza.

El otro camino hacia la seguridad consiste en activar el regulador más poderoso de las amenazas: sentirnos cercanos a los demás, sentir ternura, cariño. Es decir, apretar el botón que activa las emociones relacionadas con la satisfacción y la seguridad.

Parece evidente que el mundo en el que vivimos activa hasta el aburrimiento las emociones relacionadas con la amenaza y también las emociones que tienen que ver con la búsqueda de recursos (que muchas veces no necesitamos) dificultando enormemente el satisfacer nuestra necesidad de conexión.

Si nos sentimos amenazados es muy difícil que nos abramos a los demás. Si nos pasamos el día compitiendo por los recursos, tampoco.

La falta de contacto con los demás puede ser una poderosa fuente de estrés.

Y no tenemos más que observar las necesidades de un niño pequeño para comprenderlo. Al niño no le basta que estén ausentes las amenazas: también necesita para sentirse seguro ser acariciado, acunado, escuchar la voz amorosa de su cuidador, ver los gestos amables de su cara.

Esta necesidad de calidez para sentirnos seguros no desaparece cuando nos hacemos adultos. El amor y el afecto son alimentos imprescindibles para nuestros cerebros.

Mente amenazada frente a mente compasiva

Cuando se activa el sistema cerebral de amenaza y autoprotección podemos decir que toda nuestra mente está en modo amenaza, que es una mente amenazada.

Y una mente amenazada influye sobre los sentimientos que prosperan en ella; influirá sobre a qué cosas prestamos atención; qué imágenes y fantasías elaboramos; incluso qué sueños tenemos mientras dormimos. Nuestros pensamientos girarán mayoritariamente sobre asuntos que tengan que ver con peligros y manera de evitarlos.

En cambio si procuramos activar una mente compasiva, es decir, una mente que se centra  en la amabilidad porque es consciente del sufrimiento que implica vivir y desea y se esfuerza por aliviar ese sufrimiento en sí misma y en los demás, entonces, cuando estamos con una mente compasiva nuestra atención, pensamientos, emociones y conductas están orientados hacia la búsqueda del alivio del sufrimiento, están teñidos de ternura y amabilidad.

La mente compasiva se puede entrenar. En el siguiente artículo podrás leer algo sobre ese entrenamiento:

Imaginación, compasión y autocuidados

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