Escucharnos

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No nos escuchamos

Me temo que la capacidad para escucharnos unos a otros y para escuchar al mundo está disminuyendo alarmantemente.

Y conversar cara a cara aún lo hacemos menos. Ver a dos personas en una cafetería o en el banco de un parque charlando una hora seguida se convertirá en breve, si seguimos por este camino, en algo tan excepcional que provocará curiosidad (como suele hacerlo las cosas extintas), o rechazo (como lo hacen las desconocidas): se convertirá en una especie de fósil de las costumbres humanas.

Por el contrario, la posibilidad de que un debate o una conversación acabe en discusión me parece que está aumentando al mismo ritmo que disminuye la predisposición a escucharnos unos a otros: ¿será casualidad? Los ejemplos son infinitos: debates entre políticos, tertulias televisivas, conversaciones entre  hijos y padres…

Nos estamos radicalizando. Las posturas ideológicas cada vez son más polarizadas. Nuestra mente acabará siendo como un bunker en donde resulte casi imposible que entre ni una mosca ideológica. Las mismas ideas se casan entre si y tienen hijos que son clones de sus padres. Endogamia mental.

Lo que ya creemos dirige nuestras vidas como si fuese un conductor con los ojos vendados. Ajenos a los cambios de las circunstancias, ajenos a otros puntos de vista, avanzamos en línea recta como rinocerontes cabreados. ¿Será porque no nos escuchamos unos a otros?

Dificultades para escucharnos

El mundo tecnológico en el que vivimos no ayuda a que escuchemos atentamente: es demasiado ruidoso y las imágenes distractoras explotan a nuestro alrededor como si fuesen granadas de mano. Puede suponer un gran esfuerzo oír lo que dice nuestro interlocutor si nos encontramos en un lugar público.

Tampoco ayuda la costumbre tan extendida de llevar auriculares puestos en las orejas que nos convierten en pequeñas islas sonoras. Ya puede desgañitarse un mirlo con su elaborado canto que apenas le escucha nadie (espero que al mirlo le importe un comino si le escuchamos o no, pero a nosotros nos debería preocupar que no nos importe estar perdiendo la capacidad de apreciar ese canto).

Y, por supuesto, las comunicaciones que mantenemos a través de wasap acabarán definitivamente con el arte de conversar. Nos estamos habituando a las conversaciones fragmentadas, a responder a una pregunta cinco horas después de haber sido formulada y, sobre todo, a mantener varias “conversaciones” simultáneamente.

En plan fatalista, me temo que desaparecerán hasta las conversaciones por wasap para ser sustituidas por intercambios de videos variados.

Sobre cómo está afectando la tecnología a la manera de comunicarnos ya escribí el siguiente artículo:

Temo a la soledad y por eso me conecto

Cultivar el arte de escuchar: algunos consejos

Todos hemos tenido la placentera experiencia que supone mantener una conversación en donde se da un equilibrio entre hablar y escuchar, en donde hay una comunicación profunda y sentimos que entendemos a nuestro interlocutor y que somos entendidos por él.

¿Por qué no tener más conversaciones enriquecedoras y reconfortantes? ¿Cómo favorecer este tipo de conversaciones? Veamos algunas cosas que pueden ayudar para que así sea:

  • Procura estar plenamente presente en la conversación, sin mirar de reojo (o descaradamente) al móvil, sin distraerte con las cosas que ocurren a tu alrededor o con las ideas que cruzan por tu mente: planes, preocupaciones, listas de la compra, recuerdos, etc.
  • Plantéate que tal vez puedas aprender algo con esa conversación. Olvídate de ti mismo durante un rato para que tenga cabida en tu interior el otro y su visión del mundo.
  • No te comportes como un predicador fanático de tus creencias o un político en plena campaña electoral o un contertulio de algunos programas de televisión que opinan sobre lo humano y lo divino.
  • No aproveches cada ocasión que brinde la conversación para hablar de tu propia experiencia. Si la otra persona te cuenta un problema de salud no es obligatorio que le cuentes alguna dificultad con tu propia salud. Si te encuentras con una embarazada a punto de parir no le cuentes tu parto (menos aún si ha sido complicado). Te puede parecer que así estás entendiendo mejor la experiencia de la otra persona pero la realidad es que nunca dos experiencias son iguales: así que concéntrate en los matices de lo que te están contando. Además, descansar de uno mismo de vez en cuando sienta estupendamente.
  • Procura que la conversación sea como un baile agarrado y no que cada uno esté dando saltos por su cuenta. Es decir, que tu respuesta sea coherente con lo que acaba de decir tu compañero de conversación.
  • No te repitas. No des por hecho que tu interlocutor es tonto y le tienes que explicar la misma idea tres veces seguidas (ocurre con mucha frecuencia cuando hablamos con los niños).
  • No avasalles con detalles intranscendentes. ¿A quién le importa si la anécdota que estás contando ocurrió a las 11:47 del 12 de mayo cuando estabas cruzando el paso de cebra de la calle tal y llevabas puesto el jersey cual?
  • No tienes que saber y opinar sobre todos los temas. Acostúmbrate a decir “no tengo ni idea” cuando así sea.
  • Procura hacer preguntas abiertas. Evita las preguntas que invitan a responder con un simple si o no. Que tus preguntas animen a extenderse a tu interlocutor en la descripción de cómo se siente y qué piensa.
  • Escucha: este es el consejo más importante. Despierta en tu interior el interés por la persona que te está hablando.

Puedes seguir leyendo sobre el arte de escuchar siguiendo este enlace:

Aprender a escuchar

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