Masturbación: El despertar sexual de un adolescente

masturbación

Un libro sobre el despertar sexual

He escrito un libro en donde cuento cómo fue mi despertar a la sexualidad: el descubrimiento de la masturbación y, más tarde, de la sexualidad en compañía.

En este libro puedes encontrar las siguientes cosas:

  • Las peripecias de un adolescente siguiendo el hilo conductor de sus primeras experiencias sexuales.
  • Un acercamiento a la intimidad masculina que puede ser útil para padres, amantes y jóvenes de ambos sexos.
  • Un relato erótico.
  • Una novela de iniciación a la vida adulta.
  • El reflejo de una época de la historia de España durante la cual pasamos de una dictadura a la democracia.

Espero que puedas encontrar algunas cosas más que sean de tu interés (entre ellas, algo de literatura).

Si quieres leer este libro puedes hacerlo siguiendo este enlace:

Masturbación: El despertar sexual de un adolescente

 

Los primeros capítulos

1 Penes y guiñoles

Uro y yo no nos parecíamos en nada. Él tenía el pelo rubio e hirsuto y las mejillas sonrosadas; era fuerte, aunque no muy alto. De vez en cuando, surgían del torrente de su sangre unos berridos con los que nos azuzaba, como debieron de hacerlo con las ovejas sus antepasados. Destacaba por su insolencia, rebeldía y, lo que es más importante, porque tenía un descomunal pene.

Era algo impresionante, sobre todo si se tiene en cuenta que a los demás apenas nos colgaba una colilla birriosa, y que nuestro pubis lucía blanco y lampiño. En cambio, sobre aquel prodigio, crecía esplendorosa una algaida de pelo negro y ensortijado. Y sus huevos eran prietos como boca de lobo. Los nuestros, más bien parecían los educados cerditos del cuento.

Si alguien le pedía que la enseñara, no lo dudaba un instante, aunque estuviésemos jugando un apasionante partido de fútbol. Se bajaba los pantalones y la exhibía ante nuestros siempre atónitos y envidiosos ojos. Otras veces no era necesario el estímulo de la petición, se la sacaba sin más y la mostraba ufano; o nos perseguía como si llevase un látigo en la mano. En ocasiones (eso nos hacía menos gracia), lo que sujetaba entre las manos era una manguera con la que intentaba regarnos.

También se la vi sacar en plena clase. Sentado en la última fila, apoyado en los abrigos que allí dejábamos en pequeñas perchas, jugaba con su pene como si fuese un muñeco de guiñol. Le ponía gorritos de papel y, pintándole ojos y boca, representaba para nosotros obras que, a pesar de ser mudas, nos entretenían sobremanera. Resultaba un esfuerzo ímprobo conseguir refrenar la risa. La atmósfera se electrificaba. No tengo ninguna duda: me hice su amigo fascinado por su expresivo y excesivo pene.

Yo vivía en un extremo, y el colegio donde estudiamos los dos primeros cursos de bachillerato se encontraba en el otro extremo del barrio. Un barrio adolescente al que le crecían bloques de viviendas como si fuesen granos. No iba al instituto porque aún no lo había en Moratalaz. Todos los días me daba largas caminatas para asistir a clase, pero no me importaba: era de lo más entretenido: barro perenne; enormes fosas que se llenaban con el agua de lluvia; edificios a medio construir; montañas de sacos de cemento y de ladrillos; ruido de sopletes, de  excavadoras, de  hormigoneras hipnotizantes, de  martillos que arrancaban sonidos de campanas a las vigas metálicas; y el cantar de los obreros, fuertes como gladiadores.

En primavera llegaban las frescas sombras de las acacias; el olor de la tierra cuando regaban los jardines; las flores amarillas; las mariquitas; los majuelos con sus frutos rojos;  las orugas en largas hileras por el suelo, por los troncos de los árboles, descolgándose de las ramas, apretándose en pegajosos nidos. En esos días de primavera, espoleado por Uro, me atreví a faltar a alguna clase. Entonces, vagábamos por los campos que circundaban el barrio, y comíamos cebolletas silvestres, y recolectábamos hojas de morera para los gusanos de seda que su madre criaba.

Su madre, a la que mi amigo trataba de usted y saludaba al llegar a casa con un respetuoso “buenas tardes”, era una manchega de corta estatura y mucha edad (al menos,  eso me parecía a mí, acostumbrado a tener una madre muy joven, a la que apenas saludaba). Su piel atezada olía a queso macerado en aceite de oliva. Dedicaba una de las habitaciones del pequeño piso donde vivían a la cría de los blanquecinos gusanos. Estaba atestada de cajas de cartón donde crecían y se multiplicaban. Cuando alcanzaban el tamaño de un dedo, los gusanos se envolvían pacientemente con un vómito interminable en forma de hilo amarillo. Antes de que rompieran la continuidad de tan costosa madeja para salir convertidos en mariposas, la madre de Uro mataba a las ninfas sumergiendo los capullos en agua hirviente; luego los vendía.

Yo dejé que los cuatro o cinco gusanos que me habían regalado completaran su ciclo vital. Una mañana, tres de los capullos aparecieron agujereados y, posadas inmóviles por las paredes, vi tres feas mariposas blancas y peludas. Una de ellas dejó una mancha de sangre en la pared. Fue fecundada por el único macho del trío y, al poco tiempo, comenzó a poner huevos diminutos y amarillos que pegaba por todas partes. De allí surgieron unos inquietos hilillos negros que yo alimentaba con hojas de morera. Y de nuevo volver a comenzar el ciclo. Pero no pudo ser en mi casa: mi madre no lo quiso.

— ¡Lo que me faltaba! Que me llenes la casa de gusanos. Ya tengo bastante con los libros de tu padre.

No pasaba un día sin que se quejara del afán coleccionista de su marido. Y no le faltaba razón. Todos los huecos de la casa estaban ocupados por sus múltiples colecciones: además de los libros, sellos, revistas, postales… El polvo se acumulaba sin remedio; el espacio vital menguaba inexorablemente.

Aunque no era el único motivo de queja que tenía mi madre. Tampoco le gustaba su carácter. Poco sociable, triste, dado a enfocar cualquier problema de la manera más deprimente posible, apático, que no le hacía ningún caso, que sólo se interesaba por sus cosas; y una lista interminable de críticas, que incluía su ruidosa manera de comer, como si se estuviese ahogando, “que me pone de los nervios”, decía.

Cuando mis abuelos pasaban una temporada en casa tenía el incondicional apoyo de su madre. Mi abuela estaba totalmente de acuerdo en que mi padre era un tipo muy raro.

—Bueno, eso sí; incluso, con nosotros, generoso; pero raro. No sé cómo le aguantas —le decía a mi madre sin importarle lo más mínimo que el aludido estuviera presente.

—Podrías ser más discreta —le recomendaba mi abuelo.

— ¿Qué le voy a hacer? Es la verdad, aunque no le guste oírla —le respondía  mi abuela.

También estaban de acuerdo mi abuela y mi madre en que el tema de conversación más interesante era la familia. ¿Qué familia? Sin ninguna excepción, la de mi abuela. Cualquier motivo era bueno para hablar de ella. Si comíamos garbanzos, a algún tío o tía de mi madre les gustaban los garbanzos, o no le gustaban. Si mi hermano se daba un cabezazo, es que era tan inquieto como tal. Si a mí me gustaba leer: herencia de mi bisabuelo. Mi madre tenía el culo respingón, como cual. Hablaba deprisa, como… Era baja, como… La familia era un irresistible imán; un agujero negro que se tragaba todas las conversaciones. El mundo se reducía a unos pocos personajes representando la misma obra; atrapados en un escenario de la memoria. Una auténtica tortura.

En esos días de primavera, espoleado por Uro, me hice las primeras pajas de mi vida. Nos poníamos, ya de noche, bajo el puente recién construido que unía, sobre la autopista de Valencia, Moratalaz con Vallecas. Tumbados en el suelo, con la cabeza y los pies fuera de la cuneta y con los pantalones bajados, bañados por la luz anaranjada de las farolas, nos la meneábamos mientras pasaban coches y camiones ruidosos. Allí vi la primera gota de semen. Uro exhibía ufano, sobre su glande enrojecido, una gota, como la que destila el higo maduro, en la que se enredaban las hebras de las luces viajeras.

La única humedad que yo conocía asociada al sexo era la del sudor. Esa tímida gota me resultaba algo inexplicable, a no ser que se tratase de una curiosa habilidad de mi amigo. Llegué a pensar que era capaz de mear una sola gota con tanta precisión como para dejarla suspendida en lo alto del glande. Intenté hacerlo, pero lo que conseguí fue acabar empapado. Tampoco le comprendí cuando me contó que, un día en que se masturbaba y fumaba a la vez, sintió algo muy extraño, una especie de mareo que le asustó sobremanera haciéndole apagar el cigarrillo. Lo achacamos al humo del tabaco; ¿cómo íbamos a imaginar que se trataba de su primer orgasmo?

Aquellas excitantes manipulaciones se convirtieron en una práctica cotidiana. Cuando en casa de Uro no había nadie, nos metíamos en el cuarto de los gusanos y, sentados en sillas de enea, fumábamos y nos la sacudíamos frenéticamente, dejando el aire cargado de olor a sexo que se mezclaba con el olor dulzón de los gusanos.

 

2 La primera eyaculación

Estaba a punto de cumplir los doce años cuando mis testículos me dieron una grata sorpresa.

Un enorme tablero inclinado de los que utilizan los delineantes, forrado de papel verde plastificado, ocupaba una gran parte del cuarto donde dormía. Sentado en una silla que podía girar, subir o bajar, según las necesidades del usuario; al lado de la ventana que daba al recién nacido parque; después de haberme asegurado de que no había moros en la costa; tuve la primera visión de mi esperma: una prometedora y tímida gota hialina; un tembloroso cupulino sobre un domo enrojecido. Pero ¿qué era aquella sensación que me había dejado sin aliento? ¿Aquel vórtice que me convirtió en un triángulo isósceles enloquecedoramente agudo y pintado de amarillo? Estaba desconcertado, sudoroso, emocionado.

De la primera gota de lefa (así llamábamos al semen), a las chorretadas delirantes, no pasó mucho tiempo. La primera vez, pensé que me moría; que la vida se me escapaba a borbotones blancuzcos y calientes. Solté mi pene tratando de ahuyentar a las parcas. Quedó dando bocanadas y sacudidas espasmódicas, como un pez que se ahoga fuera del agua. La nada había estado a punto de disolverme; me había chupado como un descomunal desagüe. ¡Y nadie me había advertido!

A partir de entonces, me metía en la cama como si penetrase en una taumatúrgica cueva; con el ánimo humilde y reverencioso de un adorador ante la imagen de su dios. Apagaba la luz y, con la respiración agitada, con las hormigas del misterio recorriendo mi piel, procedía a bajar lentamente el pantalón del pijama (invariablemente se enganchaba en la tela mi pene que estaba duro como… ¿con qué compararlo? Duro como una roca es lo más socorrido, pero una roca repleta de sangre hirviendo; que palpita como un pájaro al más mínimo roce). Quedaba libre el animal totémico que se estremecía al contacto con las sábanas frescas. Lo agarraba firmemente con mi mano derecha y, sin dilación, se desataban las primeras olas secas, las arcadas que preceden al gran vómito liberador. Unas pocas manipulaciones bastaban para provocar una espléndida eyaculación que se estrellaba contra mi pijama naranja. (Me lo subía al sentir que el vértigo trepaba imparable por los estrechos corredores de mi cuerpo: no quería convertir la cama entera en pasto de espermatozoides.)

En la tela de algodón, pasadas unas horas, quedaban unas manchas negruzcas y acartonadas que no tardaron en llamar la atención de mi madre. Al principio pensó que algo caía de los pisos de arriba mientras la ropa estaba tendida. Al ver que las máculas se multiplicaban y que misteriosamente aparecían siempre en la misma zona, y no conociendo la técnica recomendada por Leonardo Da Vinci de observar atentamente las manchas de humedad para ver aparecer sorprendentes figuras y paisajes, lo comentó con mi padre. Llegaron a la acertada conclusión de que su primogénito se estaba haciendo un hombre.

No sé lo que tardó mi padre en juntar el suficiente valor para atreverse a hablar conmigo, pero debieron de ser eones. Había llegado el temido momento en que todo padre responsable tiene la obligación de desvelar a su hijo los secretos de la sexualidad. Leyó ávidamente cuantos libros pudiesen ayudarle a preparar tan importante charla y, un buen día, entró en mi habitación. Yo estaba estudiando ante la enorme mesa verde. Ya me resultó extraño que cerrase la puerta con llave, pero, cuando lo miré a la cara y lo vi pálido y sudoroso, mi extrañeza se convirtió en verdadera preocupación.

—Tengo que hablar contigo —me dijo muy serio.

En ese momento pensé que, víctima de una vesania pasajera, había tirado a mi madre por la ventana (lo hubiese entendido sin ninguna dificultad) y que ahora venía a comunicarme mi recién estrenada orfandad.

Encogido sobre la silla que había traído de la cocina, mucho más baja que  la mía, no sabía por dónde empezar: que si el paso del tiempo; que ya me estaba haciendo un hombre; que no le resultaba sencillo decirme lo que tenía que decirme… En ningún momento se le ocurrió preguntarme directamente si me la meneaba; sólo imaginarme a mi padre haciéndome semejante pregunta me hace sonreír. Después de algunos circunloquios más, pasó a hablarme de la fisiología femenina. Me enseñó una especie de calendario—regla que  había fabricado para controlar los ciclos menstruales de mi madre. Y cuando comenzaba a explicarme qué era eso de la menstruación, le interrumpí para decirle que ya sabía que las mujeres tenían la regla y cuál era el sentido de esa hemorragia mensual. (Estaba harto de ver, puestas a remojo en lejía en el orinal de plástico en donde yo hice mis primeras cacas sentado, las compresas ensangrentadas de mi madre.)

Mi padre salió de mi cuarto derrotado, casi arrastrándose. Su cojera era mil veces más patente. Se fue malhumorado y farfullando que yo era un listillo.

A partir de aquella intentona se limitó a dejar sobre mi mesa de estudio, cuando yo no estaba, libros que hablaban sobre educación sexual. Yo los leí, hasta que me cansé de buscar lo que me interesaba y que, por supuesto, en aquellos manuales no encontré. Corrí el riesgo con aquellas lecturas de llegar a la conclusión de que el sexo de las mujeres debía de ser algo así como una cloaca. Porque, por más que contemplaba mi propio sexo, y eso que no me lo lavaba mucho, nunca se me hubiese ocurrido que fuese necesaria tanta “higiene sexual” como rezaban los títulos de aquellos libros.

Para ahuyentar ciertas delirantes fantasías relacionadas con el sexo femenino que aún perduraban en mí, sí me sirvieron los libros que me echaba mi padre como quien echa arroz a las palomas. Una de aquellas piruetas mentales, la más espeluznante, suponía que los pelos vaginales eran duros como alambres y estaban dotados de capacidad de movimiento autónomo, algo así como actinias. Cuando el inocente pene se introducía, se le clavaban inmediatamente las agresivas cerdas y, en algunos casos, llegaban a cercenarlo, quedando un trozo para siempre dentro de la vagina. Así se explicaba el que algunas mujeres tuvieran un hijo tras otro.

Hubo otra “delicada” charla paterna. Yo estaba en cama pasando unas  impresionantes paperas. El médico, después de tocarme literalmente los huevos, recomendó que me estuviera quieto pues, de no hacerlo, corría el riesgo de quedarme estéril. Habló con mi padre del tamaño de mis testículos, que debido a la fiebre, se desparramaban por mis muslos más de lo habitual; y de mi evidente madurez engendradora. Mi padre, ya a solas conmigo, se sentó a los pies de mi cama y disertó sobre el necesario respeto a las mujeres. Vino a decirme que no eran sólo un codiciado agujero. No comprendí muy bien aquella aprehensión suya. ¿Acaso las hembras no disfrutaban con el sexo? ¿Acaso desearlas salvajemente no era la mejor ofrenda que se les podía hacer?

Mientras tanto, ya que el sexo con las mujeres, por desgracia, aún no estaba a mi alcance, comencé a investigar en solitario. Auné ciencia y arte. El primer experimento consistió en no dejar de agitármela cuando ascendía el orgasmo. ¿Qué podía suceder, si como aconsejaba la prudencia, no paraba y hacía crecer el arrebato? Era arriesgado.  Pero no morí en el intento; ni siquiera el placer fue mayor. Se hizo tan agudo el triángulo amarillo que dejó de ascender y, torciendo su trayectoria, se clavó en mis entrañas. Me convulsioné como un epiléptico sobre una cama elástica. No me gustó la experiencia.

Probé a introducir las luces en el espectáculo. Me metía en la cama con una linterna que, accionando un botón, iluminaba con luz roja o verde, o con la luz blanca habitual; además, tenía en el extremo opuesto al foco, un casquete anaranjado que se encendía y apagaba a intervalos regulares, como las luces que se colocan para advertir de algún peligro en las carreteras. Según la elección, surgía bajo las sábanas un cabaret de mala muerte; o un fondo submarino poblado por un único percebe; o una discoteca silenciosa donde me invitaba a bailar a mí mismo; o una cueva tapizada de musgo verde; o una vertiginosa ambulancia; o una zanja abierta en medio de la ciudad, donde era acariciado por una mano anónima (mi mano izquierda); o aquelarres, ceremonias báquicas, adoración de menhires a la luz ensangrentada del atardecer…

Algunas veces, no muchas por suerte para la salud de mi corazón, mientras estaba bajo las sábanas con la linterna en una mano y las palpitaciones de la carne en la otra, mi madre entraba en el cuarto para recoger algo del armario. Caía del alto vuelo de la sangre como un pájaro mortalmente herido: rígidas las alas y con el espanto erizándome las plumas. Tampoco encerrado en el váter encontraba la paz que todo artista ansía.

— ¿No tienes mejor lugar para leer? —me golpeaba la voz de mi madre.

—En este momento, no estoy leyendo. Me la estoy meneando, y así no hay manera de concentrarse —me hubiera gustado contestarle a voz en grito. Pero no lo hacía y, controlando la emoción para que no se enredase en mi voz, le respondía que ya acababa.

Un día, pospuse hasta el límite las ganas de mear. Cuando, con una cierta dificultad dado el tamaño, me la saqué por la bragueta dispuesto a desahogar mi vejiga, se me ocurrió la siguiente idea: ¿Qué ocurrirá si comienzo a masturbarme y hago coincidir los placeres de la micción y de la eyaculación? Demoré el final del experimento todo lo posible para que las ganas de orinar fuesen irrefrenables. Incluso dejaba salir algunas gotas para inmediatamente cerrar el esfínter con lágrimas en los ojos. Había extendido por el suelo unas hojas de periódico: no quería dejar hecho un asco el suelo de parqué; pero de nada sirvieron las precauciones cuando comenzaron a salir, alternándose, los chorros de orina y  de semen. Lloré de placer.

 

En esas épocas, cuando menos lo esperaba, mi pene me llamaba con urgencia; me gritaba como cien selvas atiborradas de pájaros lunáticos; sin tener en cuenta ni la hora ni el lugar. A veces ocurría mientras estaba viendo la televisión junto a mis padres. Un ligero movimiento, un casi imperceptible desentumecerse, podía hacerme caer en la cuenta de que entre mis piernas tenía el mejor espectáculo del mundo. Entonces, mi atención quedaba prendida de aquella zona de mi cuerpo. Sentía como se hinchaba mi sexo empujando la tela del pantalón. La sangre se aceleraba y las palmas de las manos se cubrían de gotas minúsculas de sudor. Cuando ya no podía aguantar más, cuando la bañera del deseo estaba a punto de rebosar, me iba como diciendo: “¡Vaya jilipollez de película! ¡Cuánto mejor se está a estas horas en la cama!” Y era cierto. Liberaba de su cárcel de gomas y telas a la fiera enjaulada que rugía y daba saltos con fruición, y me zambullía sin más preámbulos, salpicando de espuma el suelo de mi vientre y de mi pecho.

Masturbación: El despertar sexual de un adolescente

 

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