Salvar la escisión entre el cuerpo y la mente

el cuerpo y la mente

Esquema mental del cuerpo

He hablado en otras partes de este blog de la brecha que suele separar a la mente del cuerpo:

Escisión entre la mente y el cuerpo

Te puede parecer extraño que diga que no solemos estar en contacto con el cuerpo ya que, si te pinchas con una aguja, o si te da el viento frío en la cara, claro que notas el cuerpo, supongo que dirás.

Tienes razón, las sensaciones más fuertes las captas sin dificultad.

Ahora me gustaría que observes las sensaciones que te llegan desde tu hombro izquierdo. ¿Notas muchas sensaciones o más bien no percibas gran cosa? No te extrañe si lo que ha ocurrido ha sido que, si no miras para el hombro, no sepas ni dónde lo tienes.

Lo más probable es que hayas contemplado una imagen mental de tu hombro.

Solemos sustituir la percepción directa del cuerpo por imágenes mentales y, luego, creemos que esas imágenes son el propio cuerpo. Hemos creado un esquema mental del cuerpo, algo así como un atlas de anatomía para uso personal, y ese atlas es lo que miramos.

Es como si viajaras  a un valle grandioso de montaña en donde puedes oír el fragor de una cascada cercana y puedes disfrutar de aromas que embriagarían a una estatua y, en vez de disfrutar de esas intensas sensaciones, te dedicaras a leer una guía de viajes sobre ese lugar y escucharas, con los auriculares puestos, una grabación del sonido de una cascada.

Un mundo de palabras

Todo lo que llega a nuestra conciencia lo convertimos en palabras.

Palabras que acaban por convertirse en una jaula que nos impide entrar en contacto con lo que ocurre.

Si te pregunto que sientes mientras estás bajo los efectos de una emoción supongo que me hablarás de ideas como miedo, alegría, ternura, etc., pero es poco probable que me digas que sientes hormigueo en las manos, o que se te ha  encogido algo dentro del pecho.

Dejamos de atender a lo que llega a nosotros tanto desde el exterior como desde el interior de nuestro cuerpo para dedicarnos a pensar sobre ello.

Al no estar en contacto con lo que ocurre confundimos frecuentemente nuestras ideas con la realidad y dejemos, por ejemplo, de preguntar a un amigo qué es lo que siente: ¡para qué preguntar si ya nos hemos hecho una idea sobre lo que le pasa!

O para qué observar atentamente el cuerpo con lo cómodo que es mirar ese atlas de anatomía que hemos creado en nuestra mente.

Es más, no tenemos demasiado interés en prestar esa atención. ¿Para qué puede servir captar con más precisión las sensaciones que llegan desde el hombro izquierdo; o notar las sutilezas de lo que está ocurriendo en los intestinos? (Los motivos para este no querer mirar para el cuerpo ya los he argumentado por extenso en el artículo que te mencionaba al principio).

¿Por qué esforzarnos por sentir más y mejor el cuerpo?

Existen múltiples razones para mejorar nuestra percepción del cuerpo, pero en este momento me voy a centrar, para responder a esta pregunta, en una experiencia que estoy seguro de que has tenido en múltiples ocasiones: sentir tensión en alguna parte de tu cuerpo y no conseguir relajarla por más que lo intentas.

Tienes el cuello agarrotado, o la espalda como una piedra y, aunque te esfuerzas en aflojar la tensión, como mucho, lo que consigues es que el agarrotamiento ceda un rato para, poco después, volver a ser tan intenso como antes.

La tensión no te obedece y se resiste a desaparecer. Se obstina en llevarte la contraria.

La tensión es algo que sucede en contra de tu voluntad.

Pero, por otro lado, los músculos que se contraen en el cuello son músculos esqueléticos y, por tanto, puedes contraerlos voluntariamente, como cuando decides levantar un brazo.

Entonces, si son músculos de contracción voluntaria, quiere decir que tú misma estás contrayendo esos músculos sin darte cuenta: una parte de ti los contrae, y otra parte quiere librarse del dolor que provoca la tensión crónica.

Tienes la impresión de ser víctima de las tensiones, como si fuese algo que te imponen, pero realmente eres tú misma la que te haces esas cosas sin ser consciente.

Es como si te estuvieras metiendo el dedo en el ojo sin darte cuenta y te esforzaras por evitar las consecuencias dolorosas de esa irritación constante.

Estarás de acuerdo en que será mucho más útil, para acabar con esas consecuencias indeseables, el que te hagas consciente de que te las provocas tú misma. En ese momento dejarás de hacerlo, dejarás de pensar que eres una víctima pasiva y ya no pedirás ayuda para evitar esas tensiones desagradables.

Pero dejemos un poco de lado la teoría y empecemos por conectar con el cuerpo.

Ejercicio para conectar el cuerpo y la mente

Túmbate boca arriba y procura estar lo suficientemente abrigada para no quedarte fría mientras haces este ejercicio.

Deja que la fuerza de la gravedad actúe sobre tu cuerpo. Siente los apoyos de las diferentes partes del cuerpo sobre la superficie que te sustenta. Nota el apoyo de la cabeza, de la espalda, los brazos, las piernas, los pies.

Dirige tu atención ahora hacia tu respiración.

Respira con un poco más de amplitud de lo habitual, pero sin forzar. Como si te abrieras un poco más al aire que quiere entrar en tu cuerpo.

Y mientras respiras de esa manera deja que tu atención se dé un paseo por las distintas partes del cuerpo. Te propongo un paseo relajado y no que hagas un esfuerzo deportivo como si quisieras trepar a una montaña.

Observa lo que sientes en cada zona del cuerpo, pero sin esforzarte por notar más sensaciones de las que notas: observa simplemente con curiosidad.

Comprueba que hay partes que percibes con facilidad, partes que parecen habitadas por bandadas de gorriones juguetones y, en cambio, otras que recuerdan a un desierto de piedras. Observa también en qué zonas sientes dolor y en cuáles sientes bienestar.

Supongo que después de un rato te habrás distraído y habrás abandonado esta excursión por tu cuerpo. ¿En dónde estabas en ese momento? ¿Te has dado cuenta de que has dejado de observar las sensaciones? ¿Te has distraído muchas veces? ¿Has observado grandes áreas de las que apenas puedes captar sensaciones? ¿Sorprendida?

Volvamos al ejercicio.

Imagina que el aire que entra lentamente en tu cuerpo llena tu abdomen y lo hace ascender. Y cuando el aire sale el abdomen parece vaciarse.

Como si fuesen olas muy suaves y lentas que inundan el interior de tu abdomen. Olas de aire. No tienes que hacer ningún esfuerzo.

El abdomen se eleva según dejas entrar el aire en tu cuerpo y se deshincha al dejarlo salir.

Y este ir y venir del aire por tu interior va despertando un placer sutil en la zona de tu abdomen.

Las olas dejan sobre la playa una caricia tras otra. Tal vez ese placer lo sientas en forma de calor agradable, o tal vez para ti se manifieste como un soplo refrescante. Es como si estuvieses respirando placer que tienes a tu alrededor de manera infinita y lo dejaras penetrar en tu cuerpo.

Deja ahora que ese placer inagotable se extienda por todo tu organismo.

Deja que esas olas  lleguen más y más lejos con cada exhalación.

Inspiras placer y al soltar el aire permites que ese placer llegue hasta el último rincón de tu cuerpo. ¿Notas cómo llega a los brazos, a las piernas, a la cabeza, al pecho?

Inspiras placer que se acumula en el abdomen y luego, al soltar el aire, el placer se extiende por todo tu cuerpo.

Repite este ciclo una y otra vez hasta que sientas que has tenido bastante. Entonces puedes poner punto y final al ejercicio.

 

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