Abusos sexuales: La relación con el abusador

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La relación con el abusador

El abusador no suele hacerse responsable de sus actos.

Puede que le parezcan comportamientos normales que no tendrán ninguna consecuencia en la vida de la pequeña; o puede que se justifique ante sí mismo pensando que es la niña la que le ha provocado para hacer cosas que no son adecuadas.

Y este echar balones fuera responsabilizando a la niña de su comportamiento por supuesto que se lo transmite a ella generando un sentimiento de vergüenza y culpabilidad.

Ya había comentado en otro artículo (Abuso sexual en la infancia y pensamiento egocéntrico) que los niños se sienten responsables de lo que ocurre a su alrededor dado su pensamiento egocéntrico.

Pero, si además un adulto de confianza, un adulto al que la niña ve como una especie de dios, le dice que es culpable de que ocurra lo que está ocurriendo, entonces la niña lo cree absolutamente y esa idea de ser culpable queda grabada a fuego en lo más profundo de su mente.

Culpable y despreciable. Sucia. Indigna de amor.

Y al abusador le viene bien que se sienta así ya que el secreto que quiere que mantenga estará más a salvo cuanto más despreciable se vea la niña a si misma.

La idea que la niña tiene sobre sí misma queda radicalmente afectada por los abusos y por la versión de los hechos que le proporciona el abusador.

Además, como no comparte con nadie más lo que está sucediendo, no hay ocasión para que influyan en ella otras opiniones.

El secreto

El Secreto es el principal aliado del abusador.

Gracias a él los abusos sexuales campan a sus anchas durante años dentro de la familia. Incluso pueden pasar de una generación a otra como si se tratase de un legado envenenado.

El Secreto tiene sus ayudantes. Uno de los más poderosos es la Culpa.

La Culpa siempre tiene irrebatibles argumentos para convencer a la niña de que es la única responsable de lo que está ocurriendo. Pero la Culpa no está sola: la Vergüenza también interviene activamente para conseguir que la niña se odie a sí misma.

La Confusión se adueña del mundo emocional de la niña. No sabe qué sentir ni a qué atenerse.

No sabe si creer la versión del abusador que le dice que lo que ocurre es algo maravilloso fruto de lo mucho que se quieren. O que ella es la responsable de que ocurran cosas que le hacen sentir muy mal. O que en sus manos está la felicidad de otras personas, incluidala del propio abusador.

La niña no sabe lo que está bien o está mal.

No puede fiarse de sí misma.

Y se instala en su interior, para quedarse a vivir indefinidamente, la Desconfianza hacia sus sensaciones, sentimientos y opiniones. Y el secreto contribuye activamente a que esta confusión se mantenga a lo largo de los años.

También se instala la idea de que está en esta vida para ser servicial, para complacer, para satisfacer los deseos de los demás, para sacrificarse.

Y de esta manera quedan las puertas abiertas de par en par para que otras personas desaprensivas entren en su vida para satisfacer sus necesidades utilizándola como si fuese un objeto de usar y tirar.

Es como si a la niña le crecieran unas antenas que transmiten un mensaje dirigido a los muchos depredadores del mundo que les dice que está disponible para ser una víctima, para que abusen de ella.

El abusador también puede proteger el secreto amenazando con hacer daño a la niña o con abandonarla. O con hacer daño a algún miembro de su familia. Puede colocar sobre sus hombros la carga de mantener unida y libre de peligro a la familia.

Tal vez la niña haya intentado librar a alguno de sus hermanos de sufrir lo que ella ha vivido. O proteger contra los maltratos a su madre. O se sacrifica para que el abusador no abandone a la familia y se vea en la indigencia, si es que están a su cargo los ingresos económicos. También puede que esté evitando con su secreto dar un disgusto de muerte a su madre y al resto de la familia.

La sociedad contribuye

Si la niña asume esas cargas no será de extrañar que cuando crezca siga creyendo que ha venido a este mundo para estar al servicio de los demás, para sacrificarse, para ser complaciente (sobre todo con los hombres), para dejar en segundo término sus propias necesidades.

Y a esto también contribuye activamente la sociedad en la que vivimos.

Aún quedan muchos estereotipos sobre cómo tienen que ser las mujeres que apuntan en la dirección del sacrificio, de complacer a los demás, de ser sumisas.

Esas ideas  son como virus tremendamente resistentes que se propagan vigorosamente de generación en generación.

La sociedad puede colaborar con el abusador al propagar la idea de que son las chicas que visten de manera provocativa las que se buscan que las violen. O ideas que vienen de más lejos que identifican a las mujeres como representantes en el mundo del demonio, como las tentadoras de los pobres e ingenuos varones.

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