Cosas que respiro

respiro

Respiro muchachas

Sentado en la plaza, mientras me tomo el café de la mañana, veo pasar a una muchacha que camina con mucho garbo.

Le tiemblan los pechos y a mí me tiembla el alma.

Sin pensármelo dos veces, inhalo lenta y profundamente y alojo bajo mis costillas la belleza que ya se aleja y sus temblores.

Mientras retengo el aliento unos segundos, para sacar el jugo a lo inspirado, siento como una brisa cálida recorre todos mis aposentos (los orientados a la tristeza son los más lóbregos y húmedos).

Respiro volcanes

No sólo inhalo muchachas.

También el volcán, cuando está nevado y muestra su resplandor casi con orgullo, es de mi gusto.

Aunque soy prudente y lo respiro poco a poco, para no resfriarme. (“Bebe a pequeños sorbos el agua de la nevera” (me decía mi madre). “Calienta el helado en la boca antes de tragarlo”).

Y también incorporo a mis entrañas la montaña azul cuando recoge los primeros rayos de sol y desciende al mar.

Y las largas nubes que cambian de color abarloadas al costado de la montaña.

Y las dos tórtolas que mueven suavemente las colas posadas sobre una antena (¡qué pena que los árboles no sirvan como antenas! Si sirvieran, la ciudad sería un espléndido bosque y en otoño iríamos a buscar setas parabólicas).

Respiro el mar

Pero, sin ninguna duda, lo que más veces respiro para diluir un poco el espesor de mi sangre es el mar.

Sobre todo cuando se adorna con grandes olas.

Aunque, después de un rato, tengo mis dudas sobre si soy yo el que lo respiro a él o es el mar el que me respira a mí. Da igual: siempre me reconforta.

Lo que algunos meriendan

Otros, de mejor diente, prefieren comer que respirar. Esto es lo que el poeta Ángel González merienda algunas tardes si está junto a la mar:

“muerdo primero los acantilados,

luego las nubes cárdenas y el cielo

escupo las gaviotas,

y para postre dejo las bañistas

jugando a la pelota y despeinadas”.

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